Aquellos payasos tampoco tenían colores.

Contaba ella en clase, cuando solamente era una niña, tuvieron que colorear el dibujo de un payaso. Ella decidió que su payaso iba a tener unos pantalones de cuadrados de colores. Como no sabía que los cuadrados se podían hacer trazando líneas perpendiculares, decidió que los cuadrados de colores los haría uno a uno. De esta manera,  acabó la clase y su payaso no estaba terminado. No tenía colores.

La profesora decidió no exponer su payaso porque no estaba terminado. El del resto de la clase sí y el suyo no. Su payaso se quedó fuera. Sin preguntar por qué, sin interesarse porque había pasado para que su dibujo no estuviera pintado. La profesora decidió que su payaso no se mostraría porque ella había hecho el vago.

No interesarse por el otro, prejuzgar, dar importancia al producto final, las notas, no comprender las situaciones del resto. No empatizar.

Lo mismo ocurre con los jóvenes, los que tienen problemas, con los estudiantes que no consiguen prosperar en las aulas, con los que se rinden, o les echan. Aquellos a los que nuestro clasismo bautizó como Ni-Nis. Fracasados.

Jóvenes que fueron evaluados como al resto. Jóvenes con dificultades sociales, con problemas en sus casas (porque muchas veces no es ni un hogar), con menos oportunidades. Jóvenes juzgados igual que los que han tenido la suerte de poder salir de clase y encontrarse con el mundo sin problemas, sin ninguna dificultad.

Son jóvenes que se desmotivaron, que vieron como ajeno al sistema educativo. Y no solo no les ayudaron sino que les dieron el último empujón en la puerta de salida. Al grito de “¡Tú no vales!”

Por suerte, existen centros de segundas oportunidades, que en realidad son centros donde les dan una verdadera PRIMERA oportunidad,  donde dejan a un lado los contenidos y se preocupan por el estado de aquellos jóvenes que escupió el centro de los que “Sí valen”.

Estos centros surgen como la última llamada que pueda sacarles del fracaso que se les asignó desde el primer día. Que no es su fracaso. Es el fracaso de un sistema que no sabe, o no quiere adaptarse.

¿Es necesaria la formación de los profesores más allá de sus conocimientos específicos de lengua, matemáticas… para centrarse en tareas sociales?

¿Son necesarios los trabajadores o educadores sociales en los centros como complementos de la parte teórica?

La solución, pienso, pasa por integrar y comprender que no todos los alumnos son iguales. Pasa por educar, por animar y nunca dejarles caer.

No existen payasos con colores iguales. Existen payasos sin pintar y lejos de rechazarlos debemos comprenderlos.

Como futuros docentes, ¿El currículum o la preocupación de que nadie se quede fuera? ¿Aprobar o crear gente libre que vea el futuro como una oportunidad y no salgan estigmatizados?

Yo lo tengo claro.

Yo me quedo con los payasos que vienen sin pintar.

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2 comentarios sobre “Aquellos payasos tampoco tenían colores.

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